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Juan Pablo II ; Un hombre que trascendió a
su religión
“El Santo Padre ha muerto esta tarde a las 21:37 en su departamento privado”;
estas fueron las palabras del portavoz del Vaticano Joaquín Navarro Valls.
Los rostros de los fieles agolpados en la plaza de San Pedro mostraban desolación
y los medios de comunicación de todo el mundo se aprontaban a difundir
la noticia lo más rápido posible. Fue un instante que no será
olvidado fácilmente por aquellos que desde un principio de nuestras vidas
vimos por la televisión como este heredero de San Pedro lograba un consenso
entre personas de diversos credos religiosos; un líder carismático
que con su sola presencia lograba cambios inusitados en procesos claves del
mundo. Un ser que logro unificar países con riesgo de conflicto y aunó
a la población joven a tener esperanzas a través de la Fe.
Karol Wojtyla un hombre que trascendió a su religión, proyectando
luz en su paso por tantos lugares e irradiando paz a personas sumidas en el
olvido total. Este ser que ha logrado olvidar por unos instantes la oscuridad
de un Estado (Vaticano) que ha patentado a Dios a su antojo y que a través
del tiempo ha ocultado verdades que han hecho perder el rumbo a una humanidad
carente de futuro. Este hombre ha sido llamado a desencarnar y hoy todos aquellos
que creemos en lo divino le brindamos una despedida llena de agradecimiento,
esperando que todo aquello que el difundió y que se ha convertido en
un gran legado, se plasme en su nueva existencia en ese lugar llamado “Cielo”…
Esas palabras -“¡No tengan miedo!”-, fue lo primero que Juan
Pablo II dijo en la misa inaugural de su pontificado en 1978. Esas palabras
se transformaron en un refrán repetido incansablemente durante cada uno
de los 104 viajes que hizo y en cada una de las 14 encíclicas que publicó.
“¡No tengan miedo!” –en parte una orden, en parte una
oración- se transformó en la fuerza gatilladora de sus 26 años
de pontificado. Y cuando fue inquirido sobre aquello a lo que no se debía
temer, su respuesta fue clara: no debemos temer nunca a nuestras propias verdades.
El Papa Juan Pablo II, quien cambió el curso de la historia del mundo
a través de su fe y de la fuerza inquebrantable de su voluntad, de seguro
será recordado como un pontífice que se erigió como una
de las grandes figuras del siglo en que le tocó vivir, liderando con
autoridad a su iglesia al entrar al nuevo milenio. Tanto al interior como fuera
de la iglesia católica fue atacado y vitoreado, pero lo cierto es que
pocos hombres han luchado con los líderes y movimientos de sus respectivas
eras de la manera valiente en que lo hizo el Papa Juan Pablo II.
Karol Wojtyla se erigió para liderar a la iglesia más grande del
mundo, recorriendo incansablemente el globo con una autoridad que trascendió
al Catolicismo. Así fue como el Papa llegó a la puerta de la Gran
Sinagoga de Roma en 1986, marcando un hito (análogo al paso que diera
Neil Armstrong en la luna). Es cierto que no era un nuevo gran “paso de
la humanidad”, pero ciertamente sí lo fue para los dos credos involucrados.
Y, como siempre, sus palabras en esa ocasión fueron contundentes: “La
religión judía no nos es algo externo, ya que en alguna forma
es intrínseca a nuestra religión. Son nuestros hermanos mayores.
Por tanto, la relación que tenemos con el Judaísmo no es igual
a ninguna otra que podamos tener con otra fé.”
Así, y siempre sin miedo, continuó extendiendo su sensibilidad
hacia las distintas fé, promoviendo no sólo una mayor compresión
hacia el Judaísmo sino que también hacia el Islamismo (como cuando
después del ataque a las torres gemelas de Nueva York hizo un llamado
en el sentido de que toda una comunidad religiosa no debiera ser culpada por
la maldad de un puñado de terroristas), y también hacia el Hinduismo
(durante una visita a la India, alabó a esta creencia politeísta,
señalando que “su tierra es la cuna de una gran religión,
el hogar de una nación que ha buscado a Dios con un deseo incansable,
en profunda meditación, silencio e himnos de oración fervorosa”).
En ese mismo espíritu el Papa convocó en 1986 a 150 líderes
religiosos a unírsele en la ciudad de Asís para rezar por la paz
del mundo: y los convocados no fueron solamente representantes de otras ramas
de la cristiandad, sino que también los Budistas, Sintoístas,
Sikhs, Musulmanes e incluso los denominados “Animistas”, grupo que
conoció en Africa, adoradores de los espíritus del bosque.
Sí, enfrentó la crítica, pero se mantuvo firme en su convicción:
“La verdad es que el contacto interreligioso, junto al diálogo
ecuménico, hoy parecen ser caminos obligados para asegurarnos que no
se repitan todas aquellas dolorosas heridas que se le han infligido a la humanidad
en el pasado”.
Quizás por todo esto es que los medios de comunicación han repetido
que es el mundo entero el que está de duelo y que no importa si se comparte
o no su fe, porque fue un hombre que supo ganarse el respeto de todos.
Prácticamente todos los gobiernos del mundo se han manifestado durante
estos días. Pero me quiero detener en la reacción del gobierno
israelí. Recordando la histórica visita que hiciera el pontífice
el año 2000 a Tierra Santa donde pidió perdón por los pecados
de los católicos en contra de los judíos durante dos mil años
de hostilidad entre ambos grupos, las autoridades hebreas lamentaron profundamente
la muerte de Juan Pablo II. El Primer Ministro Shimon Peres dijo que el Papa
fue “un verdadero líder espiritual cuyo liderazgo superó
los límites de su rebaño tradicional, abrazando a toda la familia
humana. Juan Pablo II encarna lo mejor de la humanidad así como lo más
común del ser humano. Donde quiera que fuera, él llevaba consigo
los evangelios del amor, la esperanza y la paz. Recordaremos al Papa Juan Pablo
II como uno de los grandes líderes espirituales del último siglo
y del inicio del tercer milenio, quien deja tras de sí una marca única
en la historia de la humanidad”.
Para terminar, quiero referirme a ustedes, los jóvenes, a quienes muchos
señalan como su grupo favorito: se refería a ustedes como la esperanza
del mundo. “Ustedes son mi esperanza”, dijo muchas veces. En un
viaje a Polonia le entregó el futuro a los jóvenes señalando
que “la misión de asegurar en el mundo del futuro la presencia
de valores como la completa libertad religiosa, el respeto por el desarrollo
de los seres humanos, la protección del derecho a la vida y la protección
frente a la amenaza del desequilibrio medioambiental, es de ustedes”.
La prensa menciona que algunas de sus últimas palabras fueron para agradecer
a toda la juventud que lo acompañaba con oraciones desde la calle en
su hora de agonía. Y creo que lo que dijo una estudiante italiana que
se encontraba ahí, puede reflejar muy bien el sentimiento que quizás
muchos de ustedes comparten: “No participaba de todas sus ideas, pero
es el único Papa que conozco y ha sido muy importante en mi vida”.
Las Jornadas Mundiales de la Juventud, instauradas por Juan Pablo II en 1984,
congregaron a millones de jóvenes de todo el mundo, con el propósito
de ayudar a los jóvenes a enfrentar “una misión a la vez
difícil y fascinante: la de cambiar los mecanismos fundamentales que
fomentan el egoísmo y la opresión en las relaciones entre los
Estados y de sentar nuevas estructuras orientadas hacia la verdad, la solidaridad
y la paz”.